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El triunfo argentino | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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VICENTE LÓPEZ Y PLANES
FIN
—641→
Los aspectos lingüísticos de La Lira Argentina, para su consideración y simplificando los planteos, podrían estimarse desde tres enfoques: las modalidades de la lengua de la mayoría de los poetas representados, las peculiaridades de algunos textos de Castañeda y las inflexiones propias de los poemas de Hidalgo.
En lo que respecta a la lengua de los principales poetas del momento -López, Rojas, de Luca, Rodríguez, Varela- cabe señalar que ella no se diferencia de la de los escritores peninsulares de fines del siglo XVIII y principios del XIX. La usual es la lengua poética del seudoclasicismo español, con sus características improntas: sus pervivencias barrocas -algo atenuadas y ahora ocasionales-, sus latinismos, sus tópicos expresivos, sus formas reiteradas de adjetivación, sus galicismos sintácticos, etc. Muy poco significativa, casi nula, es la presencia en el léxico de argentinismos y americanismos, que sí abundan en Castañeda e Hidalgo; su misma infrecuencia y aislamiento ratifican la dificultad de penetración en el vocabulario poético consagrado. A manera de ejemplo, y remitiéndonos al «Vocabulario» que hemos —642→ ordenado, puede señalarse: un par de vocablos en Lavardén: camalote y tataná, indigenismo éste que aparece en una nota en prosa, y caimán, todo en CXII; arribeño y pardo en López y Planes (CXXXI); bozal, guardamonte, guaso, en un solo poema de Cayetano Rodríguez, el XXVII. En general, el resto de los americanismos y argentinismos léxicos y modismos o frases adverbiales se registran en los otros dos autores precitados, Castañeda e Hidalgo.
En el resto de los poetas solo se advierte alguna construcción frecuente, desde entonces, en el país, como «recién» sin participio pasado, y poco más.
Dado lo oscilante de la ortografía de la época -recién establecida en forma moderna a partir de 1815 por la Real Academia Española- no es firme indicar casos de seseo o de yeísmo rehilado, tan característico este último del ámbito rioplatense, pero que no aparece en ningún caso registrado con el grafema «y» en los poemas. Se puede probar, por algunos testimonios de la época que la pronunciación, al menos en Buenos Aires, presentaba singularidades recurrentes; por ejemplo, hay un excelente análisis y clasificación de esas peculiaridades con referencia a las deformaciones fonéticas que aquejaban a los actores de teatro, en un artículo de El Mensajero Argentino de 1826441; o la afirmación de Juan Cruz Varela en su extenso e interesantísimo ensayo «Literatura nacional», publicado en El Tiempo442, dos años —643→ más tarde. Allí señala: «En las tertulias, en las conversaciones más serias, en los escritos, en la tribuna, se cometen diariamente los errores más groseros. Prescindamos, por ahora, de la pronunciación, que es viciosísima, en todas las clases, y fijémonos en cosas más importantes». En los poetas seudoclásicos de la compilación, se advierte la presencia de diptongación; ejemplos de López y de Lavardén:
El caso más reiterado, y que no tiene excepciones en toda la Lira, es el de «país», pronunciado como monosílabo: «pais». El hecho de darse siempre con igual acentuación, en singular y en plural, en todos los poetas, y cualquiera sea la posición que en el verso ocupa el vocablo, es prueba contundente de su pronunciación real:
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Salvó esta particularidad, el resto de la expresión lingüística poética de nuestros poetas seudoclásicos no presenta diferencia con la española. Ya Alberdi lo anotaría, años después, en su conocido señalamiento: «La libertad era la palabra de orden en todo, menos en las formas del idioma y del arte».
Aunque enfáticos en la expresión oral, nuestros intelectuales mantenían una diferencia entre lengua normal y lengua poética, ésta heredada de la tradición española, abundante, ejemplar e imitable en la creación estética. Casi no hay sorpresas expresivas en la lengua de los poetas de la independencia, ni apuntes de originalidad locutiva personal.
Se impone en la lengua poética, como aporte nuevo, eso sí, el vocabulario que la prosa política consagrara y hasta promoviera con mayúsculas en su prédica: patria, progreso, ilustración, felicidad, libertad, igualdad, concordia, fraternidad, reforma, regeneración, tiranía, yugo, cadenas, servidumbre, patriota, fanático, filantropía, humanidad, fanatismo, tolerancia, vasallo, súbdito, ciudadano, preocupación, esta última en su acepción de «prejuicio» o de «superstición», como en el título del poema de Varela (CXXIX)443.
—645→Tan evidente era el uso de los términos señalados anteriormente -varios de ellos antiguos en la lengua, pero plenos ahora de nueva carga semántica que los destaca con nuevos perfiles-, que Castañeda, de continuo, los ridiculiza. Tal vez el caso más ilustrativo sea su creación del «ismo» tolerantismo, frente a «tolerancia», y como contracanto del «fanatismo» que le endilgaban a él.
La guerra de la independencia sostenida por los españoles contra Napoleón ofrecía situaciones políticas muy similares a la de los americanos en su lucha contra España; de allí la adopción de expresiones y vocabulario semejantes, en situación política encontrada444.
Naturalmente, desde el punto de vista de la lengua, hubo mayor renovación en la prosa que en el verso durante aquella época, debido a que sobre la poesía pesaba una ya larga tradición formal y expresiva, difícil de modificar.
—646→Como islotes, surgen aquí y allá, algún anglicismo, como club (VIII, 31), o galicismo puro, tal complot (XXXVIII, 25), pero son escasísimos.
Los latinismos son los frecuentes en la lengua poética española de esos años. Queda aislado algún grecismo algo forzado, como elaterio (LIX, 63).
Rescatemos, sí, como linda designación para Buenos Aires, y todo el país -que a veces fueron sinónimos en el uso de entonces- la nominación de Bonaria:
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Tal vez fuera el primero en usarla, Camilo Henríquez en un himno suyo, no incluido en Lira445. Tuvo —647→ feliz fortuna en la poesía de entonces. Juan Crisóstomo Lafinur enumerará: «Colombia y el Perú, Chile y Bonaria». Pasados los años, la voz será retomada de cuando en cuando por los poetas argentinos; así, en Adolfo Lamarque leemos: «El tiempo en que Bonaria / alzaba a sus marinos un pórtico triunfal». Más tarde, Rafael Obligado, en el inconcluso poema «Rosa» lo habrá de retomar:
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En una anotación al v. 74, comenta el autor: «Bonaria: no es discreto poner notas a los versos, pero en este caso me permitiré hacerlo. Bonaria es una figura de dicción que usaron nuestros primeros poetas para abreviar el nombre de Buenos Aires y enriquecer su rima. No está de más darlo a la generación presente, siquiera para que evite en los versos esos frecuentes donaires y desgaires, con que suele atentar al buen gusto. Juzgo que la palabra está bien formada; y además, nos llega ennoblecida por una tradición literaria que no debemos olvidar»446.
En síntesis, pues, las mayores novedades expresivas en lo lingüístico no se dan en los poetas adscriptos al seudoclasicismo español, que son los más en La Lira Argentina.
Un caso curioso -e interesante para el estudio de creación de voces- es el de fray Francisco de Paula Castañeda. No hay, prácticamente, en él peculiaridades de sintaxis; su mayor originalidad consiste en el uso combinado, asociado, por no decir intencionalmente —648→ entreverado, de niveles de lengua: la lengua culta y la popular, voces de raíz indígena y expresiones latinas. En las notas al «Romance endecasílabo» hicimos notar el allegamiento de latinismo de alto prestigio poético, como hibierno, con vocablos como ombú, chimango, maturrango, etc. En algunos textos no recogidos en Lira incorpora portuguesismos, voces del caló español, indigenismos, frases enteras en latín y términos de su invención. Castañeda era hombre de innegable conocimiento del latín del francés, del portugués y frecuentaba buenos hontanares en lengua española.
En su destierro a Kakelhuincul -como lo escribe- lleva consigo, según un detalle que hace de sus lecturas: la Biblia, El sacerdote perfecto del padre Molina, los Pensamientos teológicos de Janin, y dos de sus autores predilectos: las Meditaciones de fray Luis de Granada y las obras de la Madre Teresa de Ávila. A esta mención ocasional de material de lectura, debe sumarse una autora dilecta, a la que siempre recuerda y recomienda, tanto o más que a la Santa de las Moradas interiores, en las páginas de sus periódicos: sor Juana Inés de la Cruz. Más allá del período orquestado de la buena retórica de fray Luis, reparemos en la preferencia en este «escribo como hablo» de Santa Teresa y en los varios registros de la Décima Musa de México; en esta última encontró desde las alquitaradas elaboraciones barrocas hasta la llaneza de sus villancicos, desde la imitación de la lengua de los negros a la incorporación de voces indígenas en su poesía. Tal vez tomó de sor Juana buen estímulo para la creación personal, más allá de lo que parece.
—649→El franciscano quiso definir la modalidad de su estilo en las advertencias del N.º 1 de El Despertador Teofilantrópico...: «El estilo será natural, sencillo, fluido y castizo; quiero decir que no me he de violentar por parecer hombre culto, pues esa es una ridiculez que cansa y choca a los lectores (...) Desengañémonos, que eso de hablar bien será cuando estemos bien constituidos; entonces será el siglo de Augusto; por ahora lo que conviene es obrar bien y no olvidar la doctrina»447. Esta observación de relación directa entre la paz argentina -la pax romana entre nosotros- en el campo de las instituciones políticas y las formas expresivas es asociable a aquella otra que establece en el «Romance endecasílabo» a propósito de las posibilidades únicas del metro corto durante la guerra, y del de arte mayor una vez concluida la lucha contra los españoles.
Castañeda se lanza a la creación endiablada de vocablos que arrecian en su prosa y en sus versos, haciéndolos, por momentos, ininteligibles. A veces él mismo se ocupa -como lo hemos señalado en algunos textos de Lira- de explicitar el sentido de esos términos; otras, no: cuatrines (LXXVI, 18), maneco (LXXVII, 37), palenco, (LXXXII, 52), tereco (LXXXII, 46), etc. Algunos son de fácil intelección, como, por ejemplo, fedrífago (LXXXII, 66), «que come federales», como lo era él, persona unitaria. Otros son creados por oposición a los ya existentes, como frente a «fanatismo», según señalamos, tolerantismo (CII, 47). En otras ocasiones se trata de variaciones vocálicas, como, sobre chimango: —650→ chimengo, chimingo, chimongo, chimungo, con sus distintas acepciones glosadas por el mismo Castañeda (ver notas a CIV). Pero lo curioso es que el autor mantenía un uso coherente de los vocablos por él creados en sus distintos «papeles». «Me dicen que en ningún diccionario han encontrado el término chacuaquismo, y que siendo el chacuaquismo un enemigo interior pero mil veces peor que todos los godos, es un deber mío explicar el término y su etimología, para honra y provecho de las dos Américas (...). La etimología de este nombre americano es la siguiente: según el Padre Lozano, chacú en abipón significa "bolsa", aco significa "brazo", de suerte que chacuaco es un pícaro que nada tiene más que bolsa para meter todo lo que agarra con el brazo, a tenor de este término provincial con otros infinitos términos que tenemos, cuyas etimologías primorosas acreditan el numen de los hispanoamericanos para enriquecer la lengua castellana, siendo así que ella es de por sí tan elegante y numerosa», concluye burlonamente, y promete aclaraciones futuras448.
Claro está que, si bien los neologismos de la minerva de Castañeda son interesantes de estudiar, como elementos curiosos, ellos no han tenido posteridad en el uso de la lengua castellana entre nosotros; —651→ de allí que no los incorporemos al «Vocabulario». Su vida y su proyección han concluido con la vida de los periódicos que editaba el franciscano. Fueron vocablos de uso exclusivo, personal, creados en el fragor de la lucha de opiniones, con la conciencia de que el bautizo o rebautizo -de no haber término apropiado- era una forma de sindicación y, por supuesto, de escarnio para el enemigo.
El tercer aspecto de las consideraciones lingüísticas sobre los textos incluidos en La Lira Argentina lo cubre totalmente -salvo expresiones sueltas de Castañeda- Bartolomé Hidalgo, el iniciador de la literatura gauchesca.
Castañeda utilizó dos designaciones para sus producciones: gauchi-políticas -expresión a la que suele dar sentido despectivo- y rústico-patrióticas, que es su preferida. Quiso distinguir su manera de poetizar tanto de la de los seudoclásicos como de la gauchesca de Hidalgo.
El «lenguaje gauchesco» ha sido ampliamente estudiado, con profusión de observaciones y de conceptos. No obstante, persisten confusiones serias en este campo. Los distingos saludables que establece José P. Rona en su trabajo «La reproducción del lenguaje hablado en la literatura gauchesca»449 son esenciales. Allí distingue entre el lenguaje de la literatura gauchesca o lenguaje gauchesco y el lenguaje del gaucho real o lengua gaucha; uno es escrito, lenguaje de arte, lengua muerta; otro es lenguaje —652→ hablado, vivo. Los diccionarios gauchescos están compuestos sobre testimonios escritos, no se basan en el estudio directo de campo. De aquí vienen muchas arbitrariedades en la estimación de la lengua gauchesca. Parece inaceptable que la distinción básica y simple predicha no haya sido el marco de consideración inicial en la mayoría de los estudios del lenguaje gauchesco.
Respecto de la lengua en los textos gauchescos de Hidalgo incluidos en La Lira se han producido serias desvirtuaciones, hasta hoy no señaladas. De los cuatro incorporados a la compilación de «Díaz» -«Cielito oriental», «Un gaucho de la Guardia del Monte...», «Diálogo interesante» y la «Relación»- solo de uno de ellos se ha encontrado testimonio de publicación anterior (La Prensa Argentina, N.º 60), pues no se han editado modernamente los pliegos, tal vez perdidos para siempre, en los que Hidalgo solía dar a publicidad sus creaciones. No disponiéndose, pues, de otra fuente que La Lira para los otros tres, se impone que el criterio de edición sea el de respetar el texto de la compilación -máxime habiendo verificado que Díaz, en el resto de los poemas recogidos, ha transcripto con fidelidad los versos de hojas, pliego y folletos- y establecer en él aquellas correcciones o enmiendas que se muestren como flagrantes errores tipográficos o casos de mala puntuación. Pero no más. Sin embargo, no es esto lo que ha ocurrido con estos poemas de Hidalgo, pues los editores de ayer -y luego los de hoy, que han seguido a aquéllos- han desfigurado esos textos en un intento de «agaucharlos»; y como suele ocurrir en estos casos, la edición alterada, y ya fija —653→ en las páginas impresas de su obra inconclusa hacia 1891, Composiciones poéticas de la epopeya argentina, ya citada, de Ángel Justiniano Carranza, se afirmó en la tradición textual de los editores posteriores.
Respecto del «Cielito oriental», no pueden ser aceptables las enmiendas de Carranza, que ha retocado la versión deformada de expresiones en lengua portuguesa que el poema contiene para retraerlas a la corrección en ese idioma, porque la intención del autor es la de hacer, incluso, burla idiomática de los enemigos de la patria, con las deformaciones chuscas del caso. No pretendió Hidalgo realizar labor de poeta bilingüe en un poema «arlequinado», y menos podía pretenderlo si se supone en la convención, quien tiene la voz es un gaucho. En las notas hemos puntualizado la casi total coincidencia del texto del cielito en la Lira con el del periódico, fuente original, La Prensa Argentina, lo que ratifica la fidelidad aludida antes; y para contraste, hemos consignado las enmiendas de Carranza.
Otras alteraciones se dan a la hora del cielito «Un gaucho de la Guardia del Monte...» y de los diálogos del ingenioso Hidalgo. Carranza ha corregido los textos de la Lira para aproximarlos a la lengua gaucha. Leguizamón, a propósito de «Un gaucho de la Guardia del Monte...» consigna: «Hemos adoptado el texto de Carranza por estimarlo más auténtico» (op. cit., p. 69, n. 32). Más auténtico en relación con la lengua gaucha, puede ser, pero no más auténtico con respecto a lo escrito por el autor del poema.
—654→En nuestras notas dejamos constancia de los retoques padecidos por los versos del poeta montevideano en la colección de Carranza. Resulta evidente que Díaz fue respetuoso de los textos originales publicados por Hidalgo. Baste una prueba indirecta, en la ausencia de las hojas volantes en que ellos aparecieron. Cuando Castañeda censura las expresiones de Hidalgo en su recién publicado «Diálogo interesante», a través de sus periódicos La Matrona Comentadora... y El Desengañador Gauchi-Político... -como lo hemos señalado en apuntaciones al poema- trascribe varios versos del diálogo, para anotarlos. La lectura de esos versos es la misma que la de los correspondientes de la Lira. Así, La Matrona Comentadora transcribe quince versos del diálogo de Hidalgo (83 - 87, 157 - 159, 50 - 52, 125 - 126 y 351 - 352) en 1821 y coinciden textualmente con los correspondientes de la Lira. Lo mismo, con mayor caudal de versos, en este caso sesenta y siete, ocurre entre lo transcripto por El Desengañador Gauchi-Político... en el mismo 1821, y la Lira. El periódico reproduce los versos 113 a 180, sin más diferencias que la omisión del 142 («y solito se cortó») y las alteraciones de 172: «de rico ni pobretón» (Lira) y «ni rico ni pobretón» (periódico) y el 175: «pero es platicar de balde» (Lira) y «pero es disputar en balde» (periódico). Diferencias leves, por cierto. Pero ni una sola vez aparecen las formas «agauchadas» tales como: destinción, juesen, naides, comparaición, lay, etc.; sino distinción, fuesen, nadie, comparación, ley, etc.
Juan María Gutiérrez, en su América poética, incorpora el «Diálogo patriótico interesante» con —655→ las mismas inflexiones que Lira («cogí el camino y me vine», v. 19, lado, revolución, facción, etc., sin alteraciones.
La intención de «agauchar» el texto olvida que la poesía gauchesca es un género en gestación o, si se quiere, recién nacido, y no puede pedírsele al autor inicial una transcripción exacta de todos los aspectos de la lengua gaucha que imita en el lenguaje gauchesco escrito. Menos aún puede esperarse coherencia estricta, fonética y gráfica, en los mismos vocablos a lo largo de las poesías, cuando esto no lo encontramos ni aun en la obra de Hernández, medio siglo después450.
Martiniano Leguizamón proponía como tarea urgente: «una reedición facsimilar, lo más completa posible, se impone con urgencia a fin de salvar de la destrucción irreparable esas hojas impresas de modesta factura», con referencia a los pliegos de Hidalgo451. Esto lo apuntaba en la nota que precedía al cielito «A la venida de la expedición» (p. 63, n. 31), y en la que presenta una reproducción facsimilar de ese texto. Pero lo desajustado es que, teniendo a vuelta de página el facsímil de la volante, cuando copia el texto en su edición, lo altera; por ejemplo, la hoja dice, v. 97: «si perdiéramos la acción», y Leguizamón transcribe: «si perdiéramos la aición». Más grave aún: en la hoja el v. 43 dice: «y quiénes —656→ son más cojudos», que Leguizamón cambia por: «y quienes son más corajudos» (p. 61), que, además de suplantar el vocablo, altera el verso métricamente, haciéndolo excedido en una sílaba. Pues bien, así se ha trasmitido hasta la fecha; nadie recurrió a la hoja.
Hasta tanto no se editen facsimilarmente las hojas y pliegos de la época con poemas de Hidalgo, que permitan otra fuente de consulta, mantenemos la Lira para los tres textos mencionados, y vamos preparando una edición expurgada del primer poeta gauchesco.
En cuanto a las notas que traen algunos de los textos de Hidalgo en la Lira, podrían aceptarse como propias del autor, y no del editor, pues, salvo las de fuente o procedencia, Díaz siempre señala su paternidad de anotador452.
No nos detenemos más en este serio aspecto de las deformaciones lingüísticas que han padecido los poemas gauchescos incluidos en la compilación en la trasmisión posterior a 1824. En cuanto al léxico y los modismos, remitimos al «Vocabulario» adjunto, en el que hemos procurado mantener sobriedad en los asientos para evitar desbordes fáciles de cometer, e inútiles, pues en la mayoría de los casos hay exposiciones léxicas minuciosas en otras obras, a las que remitimos. Preferimos, primero, las notas —657→ que registra la Lira, así como las anotaciones de Ascasubi a sus propios poemas, por sobrias y acertadas y, por último, la opinión de diccionarios y léxicos especializados.
PEDRO LUIS BARCIA
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Vocabulario453
abipón. Castañeda, CXI, 78: «Niñas: casaos con los pampas / mas bien, o con abipones». Adj. «Dícese del indio cuya generación, dividida en varias parcialidades, habitaba el norte de la provincia de Santa Fe, junto al Paraná, corriendo el sur del Chaco. U. t. c. s. Perteneciente a dicha generación. Los abipones, bravos y belicosos, después de haber batallado largo tiempo, ya contra los españoles, ya contra otras parcialidades del Chaco, se redujeron a la vida civil a mediados del siglo decimoctavo, formando varios pueblos en Santa Fe y Corrientes, bajo la dirección de los jesuitas». Granada, Daniel. Vocabulario rioplatense razonado. Prólogo de Lauro Ayestarán. Montevideo, Biblioteca Artigas, 1957; «Colección de clásicos uruguayos», 25 y 26; dos tomos.
—660→Para etimología, uso y demás referencias v. Dobrizhoffer, Martín. Historia de los abipones. Traducción de Edmundo Wernicke. Advertencia editorial del prof. Ernesto J. A. Maeder. Noticia biográfica y bibliográfica del padre M. Dobrizhoffer por el académico R. P. Guillermo Furiong, D. J. Resistencia, Universidad Nacional del Nordeste, Facultad de Humanidades, 1967, dos tomos.
águila. Andar águila. Hidalgo, LXXIV, 138, que lo aclara en nota, p. 253: «Pobre. Miserable, sin recursos».
alfajor. Hidalgo, CXXII, 136: «y afilando el alfajor» y CXXVI, 35-36: «se enderezó y ya se vino / el alfajor relumbrando». S. m. Nombre con que se designaba antiguamente a un cuchillo de considerable dimensión. Facón. Hidalgo lo usa también en N. D., 82; Ascasubi, en Santos Vega, 144.
amargo. «mozo amargo». Hidalgo: LXXIV, 131-2: «amargo y mozo de garras / para sentársele a un potro». El autor, en nota a p. 253, dice: «Valiente y fuerte sobre el caballo». Del mismo Hidalgo, CXXVI, 164: «hasta que un mocito amargo». «Decidido», «valiente». Ascasubi lo usa en Anastasio el Gallo y en Paulino Lucero, ponderativamente. Sin embargo, en la lengua gauchesca significa, a veces, lo contrario: «cobarde», «maula», «morao», «flojo», «mulita», «carne de paloma».
amolarse. Hidalgo, CXXII, 306: «el que perdió, se amoló». Embromarse, fastidiarse. En M. F., I, 757 es transitivo: «cargosear», «molestar», «incomodar», «jorobar».
—661→apagando. «Sacar apagando». Hidalgo, LXXIV, 34: «lo sacamos apagando». El autor, en nota p. 249, aclara: «En forma precipitada».
aperado. Hidalgo, CXXVI, 154: «en caballos aperados». Con el apero puesto, ensillado, enjaezado. Lussich, Tres gauchos orientales, I, 373 y II, 210.
aplastarse. «Aplastarse el caballo». Hidalgo, CXXVI, 9-10: «Mire que ya el mancarrón / se me venía aplastando». Perder fuerzas el caballo. M. F., I, 680.
arribeño, ña. Castañeda, LXXIX, 41-42: «esos practicantes / tristes arribeños». CIII, 36: «pero que no halla porteño / para esto apto, o arribeño». Vicente López y Planes, CXXXI, 223: «el arribeño fuerte». Adj. y u. t. c. s. Natural de las «provincias de arriba»; perteneciente a ellas o a la región que comprenden. Se llamaba «provincias de arriba» a las que estaban al norte de la de Buenos Aires; provincias del interior, hacia el NO.
azulejo. Hidalgo, CXXII, 13: «andá, traeme el azulejo». Aplícase al caballo, yegua o ganado vacuno que tiene su pelaje con reflejos azulados, que nacen de la combinación de pequeñas manchas blancas y negras. Hay muchas clases de pelaje azulejo. Ver BAAL, Buenos Aires, t. XLIV, n.º 171-174, enero-diciembre de 1979, pp. 234-237.
bagualón. Hidalgo, CXXII, 42: «en cualquiera bagualón». S. Forma aumentativa de «bagual», caballo cimarrón, silvestre. Se llama «bagualón» al potro en comienzo de doma, o bien, al caballo de temperamento arisco aun después de domado; a éste suele llamársele «medio bagualón».
—662→baqueano. Hidalgo, CXXVI, 180: «el inglés era baqueano». Aquí, adjetivo con sentido de «experto», «ducho», «hábil», «diestro»; no con la acepción más específica del vocablo en nuestro uso, como sustantivo.
beberaje. Hidalgo, CXXVI, 284: «en beberaje y fandango». S. abundancia de bebidas alcohólicas en reunión de paisanos. El término aparece en La Cautiva de Echeverría (v. 268); en Ascasubi, en Mansilla y otros escritores del siglo XIX.
bellaquear. Hidalgo, CXXII, 24: «a bellaquear se agarró». Verbo: «corcovear, encabritarse la cabalgadura».
bisteque. Hidalgo, CXXVI, 190: «¡bien haiga el bisteque diablo!». S. Denominación burlesca aplicada al inglés, deformación de beaf-steak, «bistec».
bolas. Hidalgo, XLV, 70: «el oriental va con bolas». S. p. Boleadoras.
boracear. Hidalgo, CXXVI, 163: «¡qué risa y qué boracear». V. voraciar, «gastar el dinero derrochándolo»; también, «alardear, fanfarronear».
bozal. C. Rodríguez, XXVII, 12: «un bozal repulido». S. Prenda del apero o recado que se destina a sujetar a los animales; va en la cabeza del caballo y se prolonga en el «cabestro», que sirve para atar al animal embozalado al palenque.
cabresto. «cabresto», C. Rodríguez, XXVII, 102: «echa mano al cabresto». El autor aclara entre paréntesis: «instrumento, sencillo / pero que en mano diestra / desempeña el oficio». S. Soga, algo más —663→ larga que una rienda, que por medio de una presilla va atada al bozal, en uno de sus extremos.
caimán. Lavardén, CXII, 4: «tirado de caimanes recarnados». S. Reptil saurio, común en muchos ríos de Sudamérica, semejante al cocodrilo.
calandria. Hidalgo, CXXVI, 287: «donde encontré unos calandrias / calientes jugando al paro». S. y u. t. c. adj. Es voz despectiva; significa «fanfarrón». En Ascasubi, S. V., 3625.
caliente. Hidalgo, CXXII, 26: «caliente se enderezó»; CXXVI, 45: «se fue y me quedé caliente»; CXXVI, 271: «... era un pasmo / ver al muchacho caliente / y más patriota que el diablo»; CXXVI, 288: «... unos calandrias / calientes, jugando al paro». Adj. «Enojado, exaltado, alterado».
camalote. Lavardén. CXII, 25: «la banda del silvestre camalote». El mismo autor lo allana en nota, p. 372: «El camalote es un conocido yerbazo que se cría en los remansos del Paraná» S. Planta acuática que se cría en los grandes ríos de la América meridional. Ver Laguarda Trías, Rolando A. «Historia de la palabra "camalote"», BAAL, Buenos Aires, t. XXI, n.º 81, julio-septiembre de 1956, pp. 445 y ss.
cancha. «Hacer caracha». Hidalgo, CXXVI, 139: «la soldadesca hizo cancha». Mod. Abrirse paso, hacerse espacio, dar lugar. A veces se usa «abrir cancha». S. V. 4. 640. «"Cancha" es paraje espacioso, amplio, desembarazado».
caracha. «Limpiar la caracha». Hidalgo, CXXII, 325-329: «le limpiaron la caracha / y de malo y salteador / me lo tratan, y a un presidio / lo mandan —664→ con calzador». Caracha es «sarna o roña». Aquí vale por «sacudirlo, fregarlo a uno». No puede significar «matarlo» -como apunta Tiscornia, E. Poetas gauchescos. Buenos Aires, Editorial Losada, 1945, p. 65, n., pues el paisano, después de serle «limpiada la caracha», es encarcelado por largo tiempo.
carona. C. Rodríguez, XXVII, 15: «una usada carona». S. Pieza cuadrangular, grande de cuero crudo, que se coloca entre la jerga y los bastros en la montura criolla.
cielito. Hidalgo, XLV. S. Hidalgo nomina así a las composiciones de esa especie poética (XLV y LXXIV), proyección folklórica, en la poesía gauchesca, de una forma tradicional del folklore literario. Las dos composiciones citadas son «cielitos», con su peculiar reiteración de esa palabra, en diferentes expresiones. En cambio, la alusión de Hidalgo, CXXVI, 285: «eché un cielito en batalla», no se refiere a la composición poética sino a la danza popular, y a una forma particular de esa coreografía. V. Vega, Carlos y Aurora de Pietro. El cielito de la Independencia. Selección de Aurora de Pietro. Prólogo por Olga Fernández Latour de Botas. Buenos Aires, Ediciones Tres Américas, 1966.
cimarrón. Hidalgo, CXXII, 44: «y echamos un cimarrón»; v. 60: «alcancemé un cimarrón»; v. 264: «velay otro cimarrón». S. Mate amargo.
cimarronear. Hidalgo, CXXVI, 99: «calenté agua / estuve cimarroneando». Verbo. Tomar mate amargo.
cinchón. Hidalgo, CXXVI, 14: «apretemelé el cinchón». S. Cincha de cuero crudo, larga de unos cinco —665→ metros, que se pone sobre el recado para ajustar las últimas prendas.
conchabar. Hidalgo, CXXVI, 151: «y al instante lo conchaba». Verbo. Emplear, dar trabajo a alguien.
coscoja. Hidalgo, CXXVI, 155: «con caballos aperados / con preteles y coscojas». S. Rueda pequeña de metal, colocada sobre el eje cuadrado del puente del freno. Se colocan varias; al moverlas el caballo con la lengua produce un ruido característico.
chacarero. Castañeda, CIV, 25: «defiende a los chacareros». S. Dueño o cuidador de una chacra o chácara, porción pequeña de campo -generalmente vecina a la ciudad- destinada al cultivo de hortalizas y siembra de maíz.
chimango. Castañeda, LXIX, 12: «y el campo se quedó por los chimangos». S. «Ave de rapiña del tamaño de una paloma -algo mayor- de color canela», anota Ascasubi al v. 1. 731 de S. V. Es el Milvago chimango, fam. Falconidae. Aquí da Castañeda el uso corriente y correcto al vocablo que designa al ave; en el resto de sus poemas, la palabra «chimango» tiene acepciones curiosas y personales del autor, que hemos allanado en notas.
chuspa. Hidalgo, CXXVI, 177: «una chuspa con pesetas»; v. 185: «y al grito ya le echó mano / a la chuspa y se largó». S. «Es la vegiga de baca, alguna vez el buche de avestruz, bien sobado. Usan la chuspa con una jareta en la boca o bien atada solamente. Es el receptáculo del tabaco, papel pa cigarros i avios de encender». Muñiz, CV, v. Vignati, Milciades —666→ Alejo. «El vocabulario rioplatense de Francisco Javier Muñiz», en BAAL, Buenos Aires, t. V, n.º 19, julio-septiembre de 1927, pp. 393-453. Algunos autores la denominan «guayaca».
delgado. «Estar o andar delgado o delgadón». Hidalgo, CXXVI, 142: «yo estaba medio delgado». Adj. «Hambriento». Anota Ascasubi: «Delgadón: débil por falta de alimentos», S. V., v. 3. 410 y en n. al v. 255 de la «Carta ensilgada»: «Delgado: flaco, débil».
descuidar. Hidalgo, CXXVI, 31: «y en cuanto lo descuidé... / le acudí con cosa fresca». Verbo, con uso transitivo. Tomar a alguien descuidado o desprevenido, por sorpresa.
diasques. Hidalgo, CXXII, 103: «¿y no se sabe en qué diasques / este enredo consistió?». Deformación posiblemente de «dizques»: «intrigas, rumores, murmuraciones, dichos».
dormir. «Dormírsele a uno». Hidalgo, CXXVI, 41: «se me durmió en una pierna / que me dejó coloreando». Verbo con uso transitivo. Hacer algo en forma continuada o firme, por ejemplo en el beber, en la pelea al herir.
entrevero. Hidalgo, LXX, 83: «Ni sabe qué es entrevero». S. Choque y confusión de fuerzas enemigas de caballería. Término muy frecuente en las referencias a las guerras de la Independencia y en la lucha contra el indio.
—667→escribinista. Hidalgo, CXXVI, 135: «doctores, escribinistas». S. Escribano u oficial de administración del gobierno.
escuelero. Hidalgo, CXXVI, 109: «los escueleros mayores / cada uno con sus muchachos». S. Maestro de escuela primaria.
escuelistas. Hidalgo, CXXVI, 120: «los escuelistas cantando». S. Alumno de primeras letras.
espichar. Castañeda, LXV, 48: «eso que es espichar, lo que es morir»; con lo que incorpora en el mismo verso la explicación del término. V. Uso familiar español, muy frecuente en el Plata, a nivel popular, como muchos otros términos citados en este «Vocabulario».
estancia, Hidalgo, CXXII, 130: «en la estancia del Rincón». S. «Casa de campo, criadero de ganado», dice Ascasubi, en n. a v. 387 de S. V.
galpón. Hidalgo, CXXVI, 229: «que me encontré en un galpón / todo muy iluminado». S. «Se llama así en las estancias a una pieza larga y aislada de las que sirven para habitar», Ascasubi, n. v. 772 de S. V. Se usaba como depósito o establo; a veces era solo un tinglado, sin paredes. En Hidalgo se aplica al teatro de comedias por su similitud con la construcción típica de las estancias.
gato. Hacerse cuerpo de gato, hacerse el gato. Hidalgo, LXIV, 19: «haciendo cuerpo de gato / me vine por los rincones». El autor aclara en n. a p. 48: «Con maña, con sutileza». En el mismo Hidalgo, CXXVI, 34: «Sintió el golpe, se hizo el gato». Indica soltura y agilidad en los movimientos.
—668→gaucha. Castañeda, LXXVI, 66: «tu defensora, Gaucha de Morón»; LXXVII, 39: «adiós, señora Gaucha, adiós, señora». S. «Muger de campo con los mismos inclinaciones y propensidades de los gauchos» Muñiz, op. cit. 10.
gauchada. Hidalgo, CXXII, 133: «del pago entre la gauchada». S. Conjunto de gauchos, en este texto, pues también tiene uso como «favor».
gauchaje. Hidalgo, CXXII, 144: «el gauchaje se largó». S. Conjunto de gauchos, como en la acepción anterior de «gauchada».
gauchipolítico. o gauchi-político. Castañeda, lo usa como adjetivo, y como seudónimo, sustantivándolo. «Gaucho que pretende salir de su esfera, y que siendo un ignorante se entromete a discusiones políticas por pura presunción, por que le engríen conciderables bienes de fortuna o por que la casualidad o el favor le han colocado en un empleo pa el cual no tiene aptitudes», Muñiz, op. cit., 14. Tal vez fue Castañeda quien impuso el empleo de esta designación, que habrá, con el tiempo, de desplazarse para nominar la poesía gauchesca de intención política. Lo adoptará la crítica literaria desde el siglo XIX.
grito. «Al grito». Hidalgo, LXXIV, 167: «nos cristianaban al grito», y aclara en n. p. 254: «Con prontitud, con actividad». Otros casos: CXXII, 124: «Al grito nos revolcó» y CXXVI, 184: «y al grito, ya le echó mano». Modo adverbial que significa: «al punto, en el acto, en seguida, al momento».
guardamonte. C. Rodríguez, XXVII, 13: «un par de guardamontes». (Guardamonte). S. Guarnición de —669→ cuero que cuelga a ambos lados del recado protegiendo las piernas del jinete de la maleza del monte.
guasca. Hidalgo, CXXVI, 195: «... otros palos / que había con unas guascas / para montar los muchachos»; y v. 209: «se fue el pobre resbalando / por la guasca». S. Cualquier tira o lonja de cuero crudo, de cualquier longitud, para diversos usos: lazo, manea, cinchón, rienda. «Dar guasca». Hidalgo, CXXII, 61: «No se corte, dele guasca». Aplicado al rebenque, es excitar con golpes a la cabalgadura. «Continuar, seguir haciendo algo con empeño», Ascasubi, n. al v. 11887 de S. V.
guaso. C. Rodríguez, XXVII, 3: «Que cierto noble guaso»; vv. 50, 83, 103, 156 y 188. Castañeda, LXXIX, 36: «¡Porteños salvajes, / de puro bonazos! / Los de las provincias / son astutos guazos». Adj. y u. t. c. s. Bello escribe «guazo». Se dice de la persona inculta, rústica; a veces, grosera, procaz. En Chile es sinónimo de campesino. C. Rodríguez lo aplica ponderativamente a un gaucho tucumano, como se ve por el adjetivo que le destina. Castañeda lo usa con sentido de reparo crítico.
hilo. «Irse o venirse al hilo». Hidalgo, CXXVI, 147: «me fui de un hilo al paraje». Modo adverbial que significa: «directamente, sin vueltas». Ascasubi usa una forma similar, «de una hebra», S. V., v. 6827, como «de golpe, seguido».
humo. «Venirse o irse al humo». Hidalgo CXXVI, 167: «se vino al humo». Modo adverbial que significa «atropellar, atacar con rapidez».
—670→latón. Hidalgo, CXXVI, 138: «los latones culebreando». S. «Sable que tiene vaina de hierro», anota Ascasubi al v. 1360 de S. V. «Arrimar latón». Hidalgo, LXXIV, 188: «en arrimarle latón», y aclara en n. p. 255: «En destruirla». «Atacar, golpear con el sable».
liberal. Hidalgo, LXXIV, 136: «liberal para el cuchillo» y anota, p. 253 «Diestro en el cuchillo». En realidad es adjetivo de uso viejo español.
liendre. Hidalgo, CXXII, 41: «¡Ah, Chano... pero si es liendre!». S. u. t. c adj. Sinónimo de «guapo, valiente, corajudo»; pero con el matiz de «pícaro, astuto, diestro». Se usan también como sinónimos, «peje» y «terne».
lulingo. Castañeda, LXXX, 54: «Porque son muy lulingos». Adj. Sinónimo de bobo o insustancial. Término infrecuente. Lo usó Ascasubi en «Urquiza en la patria nueva», v. 114: «ése y otro dos lulingos», y anota: «Lulingo: tontos o idiotas».
mancarrón. Hidalgo, CXXII, 6: «Salí en este mancarrón», con intención antifrástica; v. 134: «ensillan el mancarrón»; v. 180: «cuando hable mi mancarrón» y v. CXXVI, 9: «mire que ya el mancarrón». S. «Caballo viejo y manso», anota Ascasubi al v. 1141 de S. V. Todos los usos de Hidalgo son antifrásticos, ponderativos del caballo por esa vía.
mandadora. Hidalgo, CXXVI, 57: «no he visto en los otros años / funciones más mandadoras» Adj. Que provoca admiración, impresionante.
—671→maquines. Hidalgo, LXXIV, 41: «quien anda en estos maquines», y anota en 249, n. 3: «Intrigas (tiene otras acepciones)». S. Maquinación.
matar. «Salir matando». Hidalgo, LXXIV, 147: «pero si sale matando». Giro verbal. Salir rápidamente, disparando.
maturrango. Castañeda, LXIX, 11: «Pero aflojaron ya los maturrangos». S. «Hombre que no sabe andar a caballo», anota al v. 5823 de S. V. Ascasubi. Designación despectiva que se usa para quienes no tienen baquía para montar; predominantemente, en nuestro país con alusión a los españoles.
miñangos. «Hacer miñangos». Hidalgo, CXXVI, 51: «y pelearé hasta que quede en el suelo hecho miñangos». S. Trizas, añicos, pedazos.
montonera. Castañeda, LXXXII, 30: «que al final nos librará de montonera» «Montonera: Es una creación verbal rioplatense, típica de ese momento histórico -las guerras civiles argentinas- y que en el siglo XX se ha generalizado por toda Hispanoamérica como un enriquecimiento o ampliación de la "guerrilla" o de la "partida". Aparece con la montonera de Artigas, y designa la tropa irregular, montada a caballo, que no guarda la formación de la tropa de línea y ataca en montón ("esas masas irregulares a las que tan propiamente se bautizó montoneras" dice Paz), que busca el entrevero, el choque brusco y desordenado de las líneas, la carga a degüello, al mando de caudillos valerosos. La montonera era la guerra gaucha», dice Rosenblat, Ángel. «Las generaciones argentinas del siglo XIX ante el problema de la lengua», en Revista de la Universidad de Buenos Aires, quinta época, a. V. N.º 4, 1960, p. 554.
—672→montonero. Castañeda, LXXI, 13: «por todos los montoneros»; LXXIX, 13: «si los montoneros / existen en casa». En ambos casos uso como sustantivo: S. u. t. c. adj. Castañeda, LXXXII, 72: «porque en los de adentro es montonero». Perteneciente o relativo a la montonera. En Lira el único autor que usa el vocablo es Castañeda, siempre con sentido despectivo.
mosca. Hidalgo, CXXII, 343: «¿Y la mosca? No se sabe». S. Dinero. Muy corriente en la gauchesca, proveniente de uso antiguo español.
mozada. Hidalgo, CXXVI, 153: «una mozada lucida». S. Conjunto de mozos; generalmente tiene sentido ponderativo.
mujerería. Hidalgo, CXXVI, 103: «llenitos todos los bancos / de pura mujerería». S. Mujerío, conjunto de mujeres.
musiquería. Hidalgo, CXXVI, 75: «musiquería con fuerza». S. Conjunto de instrumentos musicales, banda musical.
ñato. Hidalgo, CXXVI, 220: «quedo para siempre ñato». Adj. u. t. c. s. De nariz chata o roma.
oficialería. Hidalgo, CXXVI, 137: «detrás, la oficialería». S. Conjunto de oficiales militares.
ombú. Castañeda, LXIX, 1: «Junto a un ombú morrudo y sauce tierno». Hidalgo, CXXVI, 175: «tan alto como un ombú». S. «Árbol corpulento, espeso y de vistoso follaje, que descuella solitario en las llanuras como la palmera en los arenales de Arabia. —673→ Ni leña para el hogar, ni fruta brinda al hombre, pero sí fresca y regalada sombra en los ardores de estío», Echeverría, E. La Cautiva, n. al «Epílogo».
overo. Hidalgo, LXXIV, 182: «cualquiera tigre overo». Adj. «Hobero: cavallo pio», Muñiz, op. cit., 76. O «remendado», como se denomina en España. Es pelaje de base blanca con manchas de otro color a trechos. El pelaje overo tiene gran cantidad de variantes. El término «tigre» aplicado a un gaucho es sinónimo de «valiente, atrevido»; pero en lo cit. de Hidalgo, la expresión «tigre overo» es despreciativa, y en el contexto, aplicada a persona, sería: «rezar en favor de un peligroso devastador».
pajonal. Hidalgo, LXXIV, 184: «en algunos pajonales» S. «Paraje anegado en donde crece la paja enmarañada y alta. Los hay muy extensos, y algunos a la distancia, aparecen en la planicie como bosques: son los oasis de la pampa», Echeverría, E. La Cautiva, n. a «El pajonal». Ver BAAL, Buenos Aires. t. XLIV, n.º 171-174, enero-diciembre de 1979, pp. 280-283.
palenque. Castañeda, LXXXII, 52: «a palenque y palenco»; Hidalgo, CXXII, 122: y al instante, la discordia / el palenque nos ganó». S. «Estacada cerca de las casas, más o menos extensa, con su crucero o cinche, también de madera, donde se atan los caballos de servicio en una estancia», Muñiz, op. cit. 86. También se llama así al poste solo para atar a los caballos no domados e irles dominando la bravura.
pampa. Castañeda, XCI, 77: «Niñas, casaos con los pampas». S. Alude en el texto a los indios, de diversas —674→ parcialidades predominantemente araucanos que vivían o vagaban por la pampa central del país, entre el Río de la Plata y los Andes, y por el sur hasta el Río Negro.
pardo. V. López y Planes, CXXXI, 77: «el moreno y el pardo, aquestos solo»; Y. 225: «los pardos, naturales y morenos»; Castañeda, LXXV, 57: «aquí yace un pardito» S. u. t. c. adj. Se dice de la persona de color, hija de blanco y negro o indio. También se solía denominar así a los hijos de esclavos negros. Se suele utilizar, también como sinónimo de mulato. Viejo uso español.
parejo. Hidalgo, CXXII, 40: «de suerte que está el caballo / parejo que da temor». Adj. Se aplica al gaucho apto, hábil para todo desempeño; trenzar un lazo, carnear, pialar, tocar la guitarra, etc. Bueno para todo trabajo. Se aplica también al caballo, como en este caso citado.
paro. Hidalgo, CXXVI, 290: «Calientes jugando al paro». S. «Es un juego de azar a los naipes, al cual los gauchos juegan con mucha frecuencia entre dos personas, tomando cada una una carta para sí; y de las dos, gana aquella que sale primero al descartar la baraja, naipe por naipe», dice Ascasubi, en n. a «Contreras recibiendo a Chano», v. 541 de Aniceto el Gallo.
pebete. Castañeda, LXXV, 20: «eres un gran azabache, un gran pebete». S. La voz «azabache» no tiene segunda acepción peninsular de la que pueda inferirse alguna particular del Río de la Plata, ni figura en los diccionarios de argentinismos ni vocabularios frecuentes: podría ser, como en tantos otros casos, —675→ una invención de Castañeda en aplicación a las personas de piel morena, color de azabache. En cuanto a «pebete» le cabría la acepción de mozalbete, con connotaciones de impertinencia; también se usa para señalar rejuvenecimiento en una paerona adulta: «estar hecho un pebete».
pericón. Hidalgo, CXXII, 304: «en medio del pericón». S. Conocido baile popular argentino, de gran variedad y vistosidad de figuras coreográficas. Con el sentido genérico de «fiesta», sin que suponga la antedicha danza, es frecuente en la literatura gauchesca.
pingo. Hidalgo, CXXII, 4: «¡Ah, pingo que da calor!»; v. 248: «estaba el pingo flacón»; CXXVI, 156: «pero pingos tan livianos»; v. 169: «le dio una sentada al pingo». «Caballo de linda forma y presencia», dice Ascasubi en n. al v. 74 de S. V. Caballo brioso y ligero.
pintor. Hidalgo, LXXIV, 56: «pero nunca de pintores»; CXX, 22 y 310: «que lo largue algún pintor». Adj. u. t. c. s. «Jactansioso, fanfarrón», Ascasubi, n. al v. 4. 185 de S. V.
poncho. Castañeda, LXXXII, 31: «de los ponchos el fleco»; Hidalgo, CXXII, 21: «... porque el poncho / las verijas le tocó»; v. 173: «para ella es lo mismo poncho / que casaca y pantalón»; CXXVI, 89: «que el poncho me lo cribaron»; v. 213: «con poncho y todo trepé»; v. 295: «me tapé con este poncho». S. Prenda de abrigo rectangular, con una abertura en el centro para calzar la cabeza; se apoya en los hombros y cubre hasta las rodillas. El gaucho le da múltiples usos y le sirve como medio comparativo en el —676→ habla popular. «Meter el poncho», Hidalgo, CXXV, 37: «yo quise meterle el poncho». Golpear con el poncho la cara del adversario. «Arrojarlo de súbito y con fuerza a la cara del contendiente», Muñiz, op. cit., 97.
porteñismo. CIII, 16: «si más porteñismo hubiera». S. Decidida adhesión a las causas de los porteños. Su acepción inicial fue de sentido político y abundó en los periódicos posteriores a 1820.
porteño. Castañeda, LXXIX, 33: «porteños salvajes»; v. 44: «zonzos porteños»; CII, 11: «pero que el que es buen porteño»; CIII, 35: «pero que no haya porteño»; Hidalgo, CXXII, 165: «sin preguntar si es porteño». Adj. Natural de Buenos Aires; perteneciente o relativo a Buenos Aires. Bonaerense.
pregunta. Hidalgo, CXXVI, 157: «que a la más chica pregunta / no los sujetaba el diablo». «Hacerle una pregunta al caballo»: es picar el caballo con las espuelas, como si se le preguntara al animal su disposición para la carrera.
pretal. Hidalgo, CXXVI, 1155: «en caballos aperados / con pretales y coscojas». S. Soga o correa que ciñe el pecho del caballo: las dos extremidades de la parte superior van sujetas a la delantera del recado y la inferior pasa por entre las manos del caballo y se ata a la cincha; tiene forma de «Y».
puntano. Hidalgo, CXXII, 167: «ni si es salteño o puntano» Adj. u. t. c. s. Natural de la provincia de San Luis; lo perteneciente o relativo a esa provincia.
recado. Hidalgo, CXXVI, 204: «Contreras lió su recado». C. Rodríguez, XXVII, 16: «y un recado mezquino». S. «El conjunto de piezas de que se compone —677→ la montura de un gaucho», dice Ascasubi en n. al v. 947 de S. V.
redomón. Hidalgo, CXXII, 2: «meta el redomón». S. «Caballo recién domado» dice Ascasubi, n. a v. 62 de S. V. También se llama así al potro que está siendo domado, u. t. c. adj.
rodeo. Hidalgo, CXXII, 387: «Ramón se largó al rodeo». S. Es el sitio abierto en el que el ganado se recoge por la noche o de día para engordarlo. La segunda acepción: Hidalgo, LXXIV, 2: «y que recogió el rodeo». S. «El conjunto de vacas, toros y becerros», dice Ascasubi en n. al. v. 849. de S. V.
roncada. Hidalgo, CXXII, 309: «le libren de una roncada». Amenaza.
rosquete. «Dar, largar o entregar al rosquete». Hidalgo, CXXII, 215: «y hasta entregar el rosquete / ya no lo desamparó» Ascasubi: «Largar el rosquete: perder la vida», en n. al v. 825 de «Contreras recibiendo a Chano», de Aniceto el Gallo. Lo contrario: «salvar el rosquete», «salvar la vida».
ruano. Hidalgo, CXXVI, 2: «¡Qué hace en el ruano gordazo!»; v. 306: «ensilló el ruano». S. u. t. c. adj. Caballo alazán de crines y cola blancas. El ruano español o roano, no coincide con la designación criolla.
sarraceno. VI, 9: «sarracenos pertinaces»; v. 38: «a la sarracena fama». Adj. u. t. c. s. «Sarracenos, gallegos y maturrangos: así los llamaban los gauchos a los españoles», dice Ascasubi en n. al v. 345. de «Contreras recibiendo a Chano», de Aniceto el Gallo. El vocablo alude a la invasión árabe en España y a —678→ su sostenido dominio en la península, identificando «árabe» o «sarraceno» y «español».
sentada. Hidalgo, CXXII, 172: «le dio una sentada al pingo». «Sentar el caballo»: al detener con el freno, bruscamente, al caballo, éste se echa hacia atrás, apoyándose en los garrones.
sobar. «Sobar el caballo». Hidalgo, CXXII, 37: «y hoy lo sobé de mañana». Cansar, fatigar el caballo con maniobras y carreras diversas, para traerlo a docilidad y hacerlo obediente a la rienda y a la escuela; al tiempo, para quitarle kilos, para aligerarlo de peso. El caballo que está un tiempo a campo, sin ser montado, engorda y se apotra. El sobarlo le quita ambas limitaciones.
sortija. Hidalgo, CXXVI, 168: «y la sortija ensartando»; v. 275: «entretanto la sortija / la jugaban en el Bajo». S. En el primer ejemplo de Hidalgo significa la argolla de metal que se usa en el juego aludido en el segundo caso: juego criollo consistente en enganchar en un palito -que el jugador lleva en la mano- una argolla o pequeño aro que cuelga de un arco por debajo del cual pasa el gaucho a caballo y a la carrera.
taba. Hidalgo, CXXVI, 39: «trompezase en una taba». S. Hueso astrágalo de la vaca que servía para el juego del mismo nombre.
tataná. Lavardén, CXII, nota al v. 7: «Se ha probado para curvas el tortuoso tataná, madera muy dura, tenaz al clavo, muy ligera y que no arde». Tal vez haya sido otra designación para el «tataré», del cual dice Granada: «Árbol grande, del género de las mimosas, de excelente madera amarilla, que se utiliza en —679→ obras de ebanistería y en la construcción de barcos y de cuya corteza se extrae una materia tintórea. Quemada la madera, se consume sin hacer llama ni brasa». op. cit., tomo II, p. 26. «Pithecellobium scalare Griseb. (P. tortum auct.). Tatané, tataré, Árbol a veces alto y corpulento, corteza gris rugosa, corchosa, hojas bipinadas (...) Argentina subtropical, Paraguay. Raro en cultivo (Tucumán y Catamarca), pero digno de propagación para sombra y con fines forestales por su valiosa madera dura, de larga duración a la intemperie», Parodi, Lorenzo A. Enciclopedia argentina de agricultura y jardinería. Buenos Aires, 1972, pp. 467, 469 y 482.
temerario. Hidalgo, CXXVI, 252: «un gentío temerario». Adj. Asombroso, que infunde temor; abundante.
toldo. Castañeda, LXIX, 34: «en Córdoba levantaron unos toldos». S. Vivienda rústica de la pampa, construida con cueros cosidos entre sí y sustentados por un armazón de palos.
trabuco. Hidalgo, CXXII, 7: «¡Pero si es trabuco, Cristo!». S. Equivocación.
tropilla. Hidalgo, LXXIV, 1: «ya que encerré la tropilla»; CXXII, 99: «y una tropilla de pobres»; CXXVI, 7: «y al punto en varias tropillas / se vinieron acercando / los escueleros mayores». S. Conjunto de caballos que siguen a una yegua madrina, que lleva un cencerro. En los últimos casos citados, en sentido figurado.
—680→velay. Hidalgo, CXXII, 63: «velay mate»; v. 264: «velay otro cimarrón». Contracción de «vedla ahí». Se usa con sentido interjectivo, como: vea usted, ahí tiene, mire usted, aquí está, etc.
verija. Hidalgo, CXXII, 22: «las verijas le tocó». S. «La parte baja de la barriga del caballo, cerca de la entrepierna», dice Ascasubi en n. al v. 2029 de S. V.
versería. Hidalgo, CXXVI, 67: «y luego la versería» S. Tirada de versos o de composiciones poéticas. Aquí se refiere a los poemas que, en cartelones o tarjetones, colocaban en lugares visibles, en los sitios públicos, con composiciones alusivas a las festividades patrias.
vichar. Hidalgo, CXXVI, 293: «en esto un catre viché». «Vigilar», Ascasubi, S. V. v. 4149: «Divisar, percibir con la vista», nota de Ascasubi a «Jacinto Amores», de Paulino Lucero, v. 829.
volteada. Hidalgo, CXXII, 129: «quiere hacer una volteada». S. Acción por la cual se echa a tierra, con violencia, al animal para marcarlo, curarlo, etc.
—[683-690]→ —691→
ANÓNIMO
VI, VII, XXXI, XXXIV,
XXXVIII, XL, XLI, XLII, XLIX, L, LVIII, LXI, LXIV, LXV, LXVII, LXVIII, LXXVIII,
LXXXIII, LXXXIV, LXXXV, LXXXVIII, LXXXIX, XC, XCI, XCII, XCVIII, XCIX, C, CII,
CIII, CVII, CIX, CXIII, CXIV, CXV, CXVI, CXVII.
ARAUCHO, Francisco
XLVI, XLVII.
AZCUÉNAGA, Domingo de
XXXVII.
BELGRANO, Miguel de
LX.
CASTAÑEDA, Francisco de Paula
LXIX, LXX, LXXI, LXXII, LXXIII, LXXV, LXXVI, LXXVII, LXXIX, LXXX, LXXXI,
LXXXII, CIV, CV, CVI, CXI.
HIDALGO Bartolomé
XLIII,
XLIV, XLV, LXII, LXXIV, CXXII, CXXVI.
IRIARTE, Tomás de
CXXVII.
LAFINUR, Juan Crisóstomo
XCIV,
XCV, XCVI, CXIX, CXXV.
LAVARDÉN, Manuel de
CXII.
LÓPEZ Y PLANES, Vicente
I,
II, LV, LXVI, CXXXI.
LUCA, Esteban de
III, XXVI, LI, LVI,
LXXXVI, LXXXVII, XCVII, CI, CXVIII, CXXIII.
MARTÍNEZ, Juan Francisco
XXXVI.
MOLINA, José Agustín
LXIII.
PICO, Francisco
CXXIV.
RODRÍGUEZ, Fray Cayetano
IX,
X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII, XXIV,
XXV, XXVII, XXIX, XXXII, XXXIII, XXXIX, LIV.
ROJAS, Juan Ramón
IV, V, VIII,
XXVIII, XXX, XXXV, LII, LIX.
VALDÉS, Antonio José
XLVIII, XLIX.
VARELA, Juan Cruz
LIII, LVII, XCIII,
CVIII, CXX, CXXI, CXXVIII, CXXIX, CXXX.
ZEGADA, José Miguel de
CX.